Día 4. Lüderitz

Día 4. Luderitz

En las montañas de Lüderitz, que separan el mar del desierto, hay colocado un cartel hollywoodiense con el nombre de la ciudad. La típica foto africanizada.

El mejor momento para ver animales es poco después del amanecer y tras esconderse el sol. Durante el día el sol castiga fuerte y se resguardan bajo los pocos árboles que salpican la tierra roja del desierto.

Salimos pronto y nada más salir a la carretera se nos cruza un avestruz corriendo y al poco tiempo un oryx. Es sorprendente contemplar estos animales en su hábitat. Mientras ellos tras cruzar te miran desafiante, mi sesera urbanita durante unos segundos se indigna preguntándome por qué ha cruzado sin mirar… ¿no ve que le puedo atropellar?, pero estos animales todavía no están habituados a los coches.

El paisaje cada vez es más rojizo, las montañas que antes eran amarillas se vuelven más anaranjadas tornándose rojas al final del viaje. Sorprende ver lo lisas que son las montañas sin riscos ni escollos en su contorno, muchas veces sin cima adoptando formas casi volcánicas. Crean un horizonte liso, muy calmo y agradable. La vegetación, también va desapareciendo y le va comiendo terreno la arena rojiza de las dunas del desierto al igual que el ganado, las manadas de vacas y ovejas que solemos ver pastando, ya no se ven cerca del desierto.

Desde Aus hasta poco antes de llegar a la ciudad abandonada de Kolmanskop, nos espera una carretera recta de casi 100 kilómetros, interminable, que aprovechamos para descansar en algunos de los merenderos que se encuentran al borde de la carretera.

 

Merendero en la eterna carretera rumbo a Lüderitz.

Se me ocurrió tirar medio vaso de agua en la arena del desierto, inmediatamente aparecían pequeños bichitos diminutos que se acercaban a la arena húmeda y unos segundos después se había filtrado y secado totalmente. El agua dura poco en el desierto más antiguo del mundo. Quizá en unas semanas por ahí apareciera algún brote del que se pueda alimentar algún bicho.

Estamos llegando, cogiendo ya las últimas curvas entre las dunas que nos acercan a la ciudad. La arena cruza acariciando la carretera en forma de remolinos en todas direcciones. De repente el viento nos empuja desplazando la caravana medio metro, entra arena por las ventanas que están bloqueadas por el viento y no cierran del todo. La arena ahora cruza de una duna a otra, de un lado a otro de la carretera, formando un manto fino rojo intenso, es bastante espectacular para nosotros que no hemos visto una duna hasta ahora. Ya tenemos muchas ganas de desierto.

En Luderitz hay mucho viento, se nota que estamos cerca del océano así que tenemos que buscar resguardo para dormir detrás de un peñasco, está todo preparado en Shark Island CampSite. Visitamos el paseo, el faro, el puerto de pescadores y el muelle. La ciudad es pequeña, sin mucho movimiento aunque más parecido al prototipo de ciudad africana que teníamos en mente al partir. Allí encontramos un grafiti en la pared, que será la imagen de nuestro blog y redes sociales, un mapa del mundo de colores vivos firmado por mucha gente. Casi un collage.

Pintura comunitaria que encontramos cerca del muelle en Lüderitz.

Recomendamos el Díaz Coffe shop, que se come bastante bien, económico y el café es muy muy bueno. Los dos somos muy cafeteros y una semana sin buen café lo notamos.

El apellido Díaz, proviene de un navegante portugués, el primero que bordeó las costas de África desde Portugal hasta Sudáfrica en el siglo XV. Al parecer desembarcó en Luderitz y hizo que su apellido después de generaciones adquiriera un estatus y muchos de las cafeterías, talleres y pequeños comercios llevan su apellido. Uno de los lugares a visitar es el Dias Point, donde al parecer desembarcó, a 10 km de la ciudad. También encontramos una vieja estación, en la que para el mítico tren TransNamib.

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